El sistema auditivo de los cetáceos está caracterizado por una serie de adaptaciones morfológicas únicas: una de las más interesantes es la capacidad de seleccionar las frecuencias para la discriminación fina de imágenes acústicas a través de los canales auditivos que actúan como filtros de frecuencias. En un organismo sano, esta selectividad de frecuencias del oído (y por lo tanto de las señales acústicas que producen) está evolutiva y directamente en relación con el uso específico de su hábitat y caracteriza por lo tanto cada especie de cetáceos. Por otro lado, dentro de esta selectividad de frecuencias, la sensibilidad del oído a algunas frecuencias permite medir el estado fisiológico y/o patológico del sistema auditivo de un determinado individuo y estimar su capacidad acústica para utilizar su hábitat.

Esta diversidad de señales acústicas intra- e interespecíficas - existen unas 80 especies de cetáceos cada una con un repertorio acústico complejo - dificulta el análisis en términos de extracción de los componentes básicos de información necesarios a la supervivencia de un individuo o de una población y por lo tanto limita considerablemente nuestra capacidad para estimar los efectos de una fuente sonora contaminante.

Cada una de las especies que componen el orden de los cetáceos presenta un repertorio acústico único, en directa relación con el hábitat donde ha evolucionado a lo largo de millones de años. Se entiende que para detectar a sus presas, una especie costera necesitará extraer con precisión los detalles a corta distancia del relieve que le rodea mientras que la ausencia de este mismo relieve requerirá de unos cetáceos pelágicos (que viven en alta mar) obtener una información a media o larga distancia sobre la presencia de tal o tal banco de peces. Sin embargo, todos los cetáceos odontocetos (con dientes) comparten un mismo mecanismo de producción acústica que incluye la proyección de aire a través de conductos aéreos nasales y su salida por labios vocales, localizados en la parte superior de la cabeza. A lo largo de su inmersión, este aire se recicla y les permite vocalizar, bien con fines de ecolocalización o de comunicación según el contexto social en el cual se encuentran.

La ausencia de cuerdas vocales se acompaña de otra particularidad, única también en mamíferos, la de no utilizar el conducto auditivo externo para la audición. Reciben las vibraciones auditivas a través de sus mandíbulas que dirigen la información directamente hacia el oído medio e interno donde se procesa antes de llegar al cerebro.

Les proponemos descubrir con nosotros y escuchar las características acústicas peculiares de cada especie a lo largo de todos los meses en el apartado "el cetáceo del mes".