Asesorar sobre el posible impacto acústico de fuentes sonoras artificiales en el medio marino no es una tarea trivial, por varios motivos. El primero es la relativa falta de información sobre el mecanismo de proceso y análisis de sonidos por parte de los organismos marinos. Además, y aunque somos capaces de grabar y catalogar la mayoría de estas señales, no conocemos su papel e importancia en el equilibrio y desarrollo de las poblaciones. En segundo lugar, el posible impacto de emisiones sonoras no sólo concierne los sistemas de recepción auditiva sino que puede intervenir a otros niveles sensoriales o sistémicos y resultar letal para el animal afectado. Si a estas dos razones de peso se añade el hecho que una exposición puntual o prolongada a un ruido determinado puede tener consecuencias negativas a medio y largo plazo y por lo tanto no observarse de inmediato, se entiende, sin excusar la falta de previsión ni de medios para investigar, la gran dificultad a la cual se está confrontando la comunidad científica para obtener unos datos objetivos que permitan controlar de forma efectiva la introducción de ruido antropogénico en el mar.

Para responder a algunas de estos interrogantes, la elección de los cetáceos, y el estudio exhaustivo de sus adaptaciones al medio marino a lo largo de su evolución, no es fortuita. El medio marino, como todo medio natural, se rige en base al equilibrio de los organismos que lo habitan, cada uno de ellos situándose a un nivel trófico específico que permite el desarrollo de los niveles superiores. Un desajuste de cualquier de estos niveles desequilibra la cadena, en los dos sentidos. Frente a un problema de conservación, el reto de los científicos es encontrar un organismo suficientemente representativo, es decir cuyo equilibrio y desarrollo pueden influir sobre el equilibrio y desarrollo del resto de la cadena trófica y utilizarlo como bioindicador frente a la fuente contaminante. Los cetáceos, por su relación de dependencia vital y casi exclusiva con la información acústica, representan hasta la fecha el mejor bioindicador de los efectos de la contaminación acústica marina.